La ruta de los "cabecitas"




17 de Octubre: día de la lealtad




de Berisso a Plaza de Mayo



Una periodista recorrió el mismo camino que los "hijos" de Perón, hoy signado por autopistas, McDonald's y celulares en lugar de frigoríficos, calles de tierra y demás




Tiempo atrás, algún cuento de Jorge Luis Borges me contó que, un día, inesperadamente, el “malón” emergió de la periferia y se adueñó del bastión oligarca, símbolo unitario de la República. Y que, en alrededores de Plaza de Mayo, los “cabecitas negras” osaban atacar a los muchachos “de bien”.

La mismísima barbarie había tomado la razón por las astas. Tanto, que el espíritu sanguinario de las bestias invadió su ser y brotó de su pluma un párrafo digno de Roberto Arlt al describir, minuciosamente, cómo “los salvajes” robaban y golpeaban hasta la muerte a un joven inocente cuyo pecado había sido nacer en una cuna de oro. Envidiosos de la fortuna de los de su estirpe, los ordinarios morochos arrasaron todo a su paso por la Capital Federal.

En la escuela no repararon demasiado en esa época. No hubo tiempo, Europa y sus guerras ocupaban la mayor parte del trimestre. No obstante, las maestras y los libros me dijeron que el 17 de octubre de 1945 una masa se levantó y caminó hasta Plaza de Mayo, un lugar vedado para los trabajadores, con un sólo objetivo en mente: lograr la liberación del, por entonces, Coronel Perón, quien había sido confinado a una prisión en la isla Martín García por el dictador de turno.

Miles avanzaron por las calles porteñas para, con ese gesto épico, salvar el cogote de quien se convertiría en el dirigente político más importante de la Argentina contemporánea.

Cipriano Reyes, sindicado como uno de los creadores del legendario 17 de octubre peronista, para dar con el legendario sindicato de la carne comandado por los hermanos Reyes. Sin embargo, no es tarea sencilla encontrar la edificación, puesto que, en la actualidad, la sede de los trabajadores de la carne fue trasladado a un sitio más grande y moderno.

A causa de la mudanza, en el barrio tenían apenas una vaga idea del lugar exacto donde se erigió la sede del célebre movimiento. Sólo conocían el nuevo sindicato y no podían diferenciarlo del antiguo. Cuando, finalmente, logré ubicarlo, sentí una profunda desilusión: el bunker de Reyes era ahora un simple local vacío, con sus cortinas bajas y adornadas por graffittis.

 Lucía abandonado y olvidado, tal como lo está la historia que atesora en su interior. Un tesoro fantasmagórico y polvoriento. Nada queda ya de su época de gloria. El tiempo barrió las ideas revolucionarias y ahogó los gritos de esperanza. Su existencia siquiera valió una mera placa conmemorativa. El viejo sindicato de la carne está condenado a la "nada" misma.

Pero, "no todo está perdido" cuando la llama de "lo que fue" sigue encendida en las personas. Afortunadamente, en la casa continua me recibió el matrimonio Di Paolo. “Hace 40 años que vivimos acá. Todo lo que pasó quedó olvidado, ya no queda nada”, dijo Ofelia con tono melancólico. Mates mediante, intentó reconstruir el pasado y, tras un leve esfuerza de la memoria, evocó la figura de una mujer llamada María Roldán. "Me acuerdo que recorría los barrios y llamaba a marchar por la liberación de Perón.

“Vamos, vamos”, los animaba".


En cambio, su marido “Toto”, un hombre de 81 años, aún preserva imágenes muy vívidas de aquella fecha: “Yo trabajaba en un frigorífico. En esa época estaba todo convulsionado. Aunque los delegados nos invitaron, yo no puede ir a la marcha, pero vi como salía la gente de todos lados. Marchaban por la calle Montevideo (junto a Nueva York, las dos más importantes de Berisso), algunos caminando y otros se trepaban a camiones”.

Ese año, la construcción que había sido, también, hogar de Reyes “estaba siempre llena de sindicalistas, pero no molestaban. Iban y venían por el barrio. Trabajaban y vivían ahí”, memorizó Toto. Y detalló que la edificación vecina, que supo albergar a "hombres con los delantales repletos de sangre", también había sido morada de monjas.

Fue allí, en aquella construcción insípida, donde se gestó el movimiento espontáneo más relevante de la política argentina del siglo XX. Un lugar muy modesto y pequeño, ubicado en un barrio muy pintoresco y tranquilo que poco recuerda ya de su historia reciente. Tal vez, otra victoria de quienes intentaron borrar el nombre del General de los libros o, quizás, producto del poco interés que despierta la génesis del 17 de octubre en los seguidores del ex mandatario.

Pero eso no es todo, Toto conoció a Cipriano y dice de él: “Era un hombre bueno que ayudaba a todos y encolerizó cuando asesinaron a su hermano en un enfrentamiento. Tras ese acontecimiento, el mismísimo Perón visitó el sindicato de la carne”.

Por ese año, otro vecino –que no quiso revelar su nombre por “temor” de que “lo metan en algo raro”- era sólo un niño de 9 años: “Me acuerdo que yo estaba en mi casa y me quería meter entre ellos, irme a Capital. Los veía cómo marchaban todos juntos por la calle Montevideo y eran muchísimos. Yo quería formar parte de ese grupo, pero mi mamá, rápida de reflejos, me sacó de la puerta y me metió para adentro.

 Me dijo que acunara a mi hermana, para sacarme eso de la cabeza”. Sin embargo, el gesto materno no evitó que aún pueda revivir la expresión de los rostros de aquel ejército del pueblo. “Iban felices y estaban orgullosos de la proeza que estaban por realizar”.

Los trabajadores, confinados al último escalafón social, enfilaron hacia la tradicional rotonda de la Av. 60 de La Plata -aquella que marea a todo foráneo- y tomaron la calle 7. Las amplias copas de los árboles del actual Parque Iraola les dio sombra y respiro.

Calzando alpargatas rotosas, alcanzaron la rotonda que hoy lleva ese nombre y donde, como una broma del destino, un Mc Donald´s se erige imponente sobre Camino General Belgrano. Luego, atravesaron el Sur por Av. Mitre, avivando el nombre de su líder y, al atravesar al Puente Puyrredón, sabían que la procesión estaba a punto de terminarse.

Poco a poco, invadieron las paquetas calles de la ciudad ante la despavorida mirada de señoras y señores. Al arribar a destino, suspendieron sus cansados y doloridos pies (muchos de ellos ampollados por la inclemencias del camino) en la célebre fuente -gesto que provocó el repudio de los espantados petiteros. Y, pese, a que el monumento desapareció del paisaje de la Plaza de Mayo, el sitio se convertiría, con el pasar de los años, en el símbolo del reclamo del pueblo argentino, encarnado, esta vez, por la clase media con cacerolas en mano.

Pero ese 17 de octubre, los hombres, mujeres y niños que asistieron a la cita consumaron una verdadera hazaña: traspasaron la frontera del Conurbano profundo inspirados y esperanzados por las palabras de un dios-mortal. Con asombro, los organizadores de la manifestación vieron cómo la columna que salió de Berisso aumentaba su espesor en cada kilómetro recorrido. Pasaron por La Plata, por el Camino General Belgrano y “patearon” hasta Avellaneda para, finalmente, hacer trizas el límite de cristal impuesto por los porteños.

Y, sí, sucios y harapientos, con mamelucos manchados por grasa y delantales ensangrentados, cumplieron con la epopeya, cargando sólo su orgullo y tenacidad. Fue así como los "cabecitas negras", pobres y marginados, lograron quebrar el rumbo historia.




El puente Pueyrredón, por aquí también pasaron.





Plaza de Mayo: hoy como ayer, pero en otra fuente.






Irreconocible, Cipriano Reyes en 1948.




Cipriano Reyes a los 87 años de edad.




El video de la Plaza inundada de Lealtad




Marcha Peronista








P/d hubo una ves compatriotas con ideales, mas alla de toda ideologia, que bueno seria volver a tener sueños de una gran nacion....